El horror de la justicia en manos de todos

Siempre me ha parecido que hay palabras tan grandes, tan complejas, tan sensibles por lo que representan, una de ellas es justicia, tan parecida a ajusticiar.

En estos días es noticia la muerte de tres ladrones a manos de un médico, el hecho ha causado todos los cuestionamientos tan profundos, como tan llenos de frialdad representados en memes y chistes de mal gusto que me hacen pensar en el horror de que todo el mundo se tome el poder de la justicia y ajusticiar se vuelva una necesidad colectiva.

Hace unos años me mudé a un barrio cerca al centro de la ciudad, empezaba a hacer pinitos en eso que llaman independencia, estudié de noche y caminar luego del trabajo o de la universidad era una cotidianidad, sin embargo un día ya no me sentí tranquila al recorrer las calles, sentía que toda la humanidad se había convertido en zombi, al mejor estilo de «The walking dead», pues en menos de año y medio me habían robado y atracado tres veces.

En mi paranoia un día una noticia me hizo sacar mi instinto humano de supervivencia, una señora había bajado del bus a un menor de edad que estaba robando a los pasajeros, lo desnudó y le dio una paliza para hacer «justicia», en medio del boom noticioso se me escapó un ¡bien hecho!

Luego de decir esto y ahondar en lo sucedido, recibí una bofetada de mi consciencia, recordé las veces que hablo de paz, perdón, convivencia, respeto, confianza, asertividad… me sentí terriblemente abatida, ¿qué he sentido?, ¿qué he dicho?, ¡es un menor de edad!, equivocado, pero acaso para eso no existe otro tipo de justicia, esa que hemos mediado como ciudadanos para actuar preservando la dignidad del otro, así esté equivocado.

A diario los noticieros nos indican todos los atracos y desmanes de la delincuencia común, horas y horas viendo escenarios comunes que llenan de pánico a la ciudadanía y que nos ponen en una posibilidad de defensa propia, pero no estoy segura de haber visto por tele un análisis del por qué la inseguridad. Sin ánimo de justificarla, pero sí de hallar soluciones.

Considero que entre muchos factores por la que pasan estos hechos es por la falta de confianza en el otro y en nuestro sistema de justicia y de seguridad; es que en una ciudad en la que se mata por la diferencia o por no poder conciliar y la vida vale un celular, en un país que tiene casas de pique y se crean grupos para vender seguridad a las grandes familias y empresas, qué se puede esperar.

Hay una falta del sentido común, de pensar en el otro, tanto por quien atraca y como por quien toma la justicia en sus manos, hay una necesidad de supervivencia, un eminente miedo a ser agredido y hay una valentía sin escrúpulos que da el valor de disparar un arma o enterrarla.

La falta de oportunidades es tal vez la causa mayor de la delincuencia, que como dice Eduardo Galeano ese sería parte de la solución: combatir a la pobreza no a los pobres, claro este tipo de delincuencia, porque bien se sabe qué hay otro tipo que se ejerce a la luz del día y los ladrones son llamados doctores y han tenido la fortuna de tener excelentes «negocios» con nuestros dineros, dineros que facilitaría mejores oportunidades de educación, empleo, salud, seguridad…

Tenemos una larga tarea: Construir un sistema de seguridad efectivo, rápido, eficiente, policías haciendo su trabajo, personas que no crean que la delincuencia es una buena posibilidad y personas que sean responsables de sus acciones y puedan comprender el riesgo de que todos puedan repartir justicia y hacer justicia por su cuenta. Generar un tipo de sociedad que pueda caminar con tranquilidad sin miedo a ser atracado, una sociedad que confíe en la «autoridad» y ciudadanos que no transen la vida de una persona por un celular o cualquier otra cosa de valor.

Desde luego este es un caso en el que solo tengo una opinión, -pues no tengo la potestad de decir qué es lo Justo en este hecho particular- Mi deseo como ciudadana es que en el afán de seguridad no nos convirtamos en una sociedad armada de miedo y de ganas de matar.

SENTIR LA HUMANIDAD, REFLEXIONES DE FOTOGRAFÍA

“Lo que importa son las incontables y pequeñas hazañas de la gente común en la lucha por los derechos”

Noam Chomsky Requiem for the American Dream

                Capturar la esencia de nuestra humanidad mediante el lente de una cámara fotográfica es la grandeza del fotógrafo Sebastiao Salgado, ese es el retrato que su hijo Juliano Salgado y Win Wenders proyectan en Sal de la Tierra. La fotografía y el cine para dar esperanza mediante el testimonio, porque es posible sentir vergüenza de nuestra humanidad, pero también es posible hallar el amor en esa misma naturaleza salvaje de la Tierra y de todos quienes la habitamos.

Esta película – documental me hizo entender por fin que el significado del triángulo de la exposición, ese que marca el equilibrio de los “factores” de velocidad de la luz, ISO y la apertura del diafragma, no sólo es la rayita que indica que ya se puede obturar, sino que realmente tienen que ver con la complicidad de luz que, a pesar de su velocidad, irradia a todos los seres de la Tierra, la maravilla del diafragma que nos permite respirar, que nos permite la vida, ah, pero llevado a la fotografía, es el iris que nos permite captar la luz, observar lo que hay a nuestro alrededor y por supuesto, la importancia del ISO del alma, que nos hace sensibles a lo que percibimos; considero que un fotógrafo como Sebastiao logra ese triángulo en su cámara y en su ser.

Otro triángulo presente en la historia de este fotógrafo brasilero es el de la técnica, la investigación y el sentido, los tres aspectos que se configuraron para que sus proyectos pudiesen movilizar, denunciar e impactar a través de la fotografía.

La técnica: Los aspectos técnicos de la fotografía me cuestan, calcular las fracciones, las relaciones de velocidad, diafragma y el foco me toma tiempo, por eso me estremezco cuando veo las fotografías de Sebastiao, con esos brillos en los cuerpos de los obreros, los verdes de la naturaleza, las líneas que juegan en el paisaje para dirigir la lectura del espectador, si podría llamarse así, los encuadres, las texturas y las formas logradas a partir de la observación.

La investigación: Desde la naturaleza documental de Sal de la Tierra se muestra la importancia de la investigación y el trabajo conjunto con su esposa para poder contar las historias de sus fotos, la necesidad de comprender al sujeto que se convierte en imagen, en representación de esas realidades.

El sentido: Al ver el documental, saber sobre el proyecto: Instituto Terra, sus libros y su obra como foto reportaje, luego de que el declarara el horror y la desesperanza, la reflexión es que la fotografía de Sebastiao invita a mover consciencias, intenciones positivas y solidarias de nuestra humanidad y a aportar desde lo que nos gusta, porque a pesar de tantos males humanos, del odio, de la pobreza, la codicia, es posible irradiar y transformar nuestra realidad.

Es así que practicar la fotografía es una forma de exponer nuestro ser y conversar con lo que fotografiamos.

De cuándo descubrí lo que significa fluir

Generalmente los sábados en la tarde practico natación, estoy en curso, aunque soy piscis, no sabía cómo estar en el agua con estilo.

Estaba en una clase de estilo mariposa, uno de los más difíciles y ya llevaba varios meses sin aprobar, un día una profe nos puso las aletas y nos dijo: Necesito que sientan el movimiento y lo que pasó enseguida fue magia: Un rayo de luz dibujaba figuras en el fondo de la piscina mientras, avanzaba sin esfuerzo y con la sensación de la fuerza del agua en mi cuerpo, entonces se me ocurrió esta frase: Fluir es pura energía en adecuado movimiento.

Tanto tiempo había tratado de hacer que mi cuerpo y mi mente comprendieran cómo era el movimiento, me ahogué, tome mucha agua… Mucha, patalee con desesperación, con angustia y frustración.

Aunque las aletas hicieron lo suyo, brindar el impulso, lo más importante fue sentir cómo la fuerza de mi cuerpo producía la energía necesario para lograr el movimiento y además el disfrute de nadar.

Esta combinación de pez y mariposa es también la posibilidad de transformarnos con toda la fuerza de lo que soñamos, con nuestra energía y disfrutar la sensación de estar vivo y en movimiento.

Éramos individuos que hoy se piensan una nación

Creo que éramos muchos dando susurros de descontento, sintiendo la inequidad, la injusticia y el cansancio de muchos años de políticas que nos quitaron nuestros derechos y que nos sometieron a la supervivencia.

Éramos muchos luchando con los estigmas y señalamientos de las familias que a la luz del trabajo, el esfuerzo y una precaria formación ciudadana juzgan todo aquello que se sale de las reglas, del “buen actuar”, de la iglesia y de los colores rojos y azules.

Éramos muchos tratando de hacer un trabajo digno y no caer en la mediocridad ni en la tentación de vender los principios por los que se suponen las instituciones públicas sirven a la ciudadanía.

Éramos muchos pensando que éramos pocos, hasta que ríos de gente se hicieron visibles en las calles y entonces fuimos muchos escuchándonos, gritando, entendiendo, exigiendo NO MÁS con el peso de esa patria boba.

Gracias a este paro somos muchos haciendo nación, pensando en una Colombia en la que se pueda vivir y no se quiera escapar, en la que podamos construir un mejor país para todos.

Gracias a quienes han organizado el paro, a quienes han marchado a quienes han resistido… Gracias a quien dio el primer cacerolazo y nos hizo encontrarnos en la oscuridad.

El cacerolazo, mi mantra

Ayer 21 de noviembre los ciudadanos en Colombia tuvimos una cita en las calles a la que no era posible no asistir, una marcha en contra del mal gobierno actual, millones de personas marcharon para reclamar nuestros derechos, decir no más asesinatos a niños, a líderes sociales… No más.

Ayer en la noche tuve pánico, estoy en Cali orientando un curso para profes que no pudo culminar como debía…

Al comienzo estuve preocupada por no cumplir con mi responsabilidad, luego estuve en pánico pensando en mi seguridad, no me imagino qué sería pasar esto otro día más, otra semana más, otro mes más y otro año más, así como lo han pasado miles de campesinos en las zonas de conflicto.

No quisiera que otra persona más viviera la angustia de no saber de sus seres queridos o de estar sola por no preocupar a sus familias.

Hoy más que nunca quisiera NO más miedo, no más miedo para acorralar a quienes reclaman nuestros derechos ciudadanos.

Ayer marché con orgullo y hoy, tal vez cómo nunca antes, me siento orgullosa de ser ciudadana colombiana, porque ríos de gente caminaron para levantar su voz y millones de cacerolazos sonaron para que la represión y el miedo, los desmanes y la violencia no tergiversaran el mensaje de todo lo que no queremos: NO MÁS violencia, NO MÁS GUERRA, NO MÁS políticas mediadas por los interese económicos de multinacionales o familias poderosas, NO MÁS NIÑOS en la guerra, NO MÁS VIOLACIONES como instrumentos de guerra, NO MÁS contratos de trabajo inequitativos, NO MÁS políticos amañados que han hecho de NUESTRO territorio su finiquita. NO MÁS POLÍTICOS que tratan a su pueblo sin respeto, con arrogancia y como moneda de cambio que transan en las elecciones, NO MÁS aún pueblo con miedo.

Estar unidos por el sentido común, que no solo es lo obvio, sino lo colectivo es lo único que podrá darnos la oportunidad de evolucionar.

Cada estruendo de cacerolazo dio aliento para que podemos ser conscientes y solidarios. Una gran muestra de esperanza, no podrán deslegitimar este gran e histórico movimiento.

De amores no correspondidos

Crecí en una familia orgullosamente de origen campesino, vivíamos en la casa de mis padrinos, en una casa grande, muy grande, hoy en día, imposible. Mi mami y mi familia siempre me inculcaron que había que trabajar honradamente para estar mucho mejor, que había que estudiar, ir consiguiendo sus cosas pasito a pasito y todo esto se volvió un principio: El trabajo, el sacrificio y el esfuerzo darán más que libertad, dignidad.

La publicidad también nos vendió la idea de que, si tomábamos esas horribles vitaminas, cuando grandes íbamos a cumplir nuestros sueños con nombre de profesión, íbamos a ir a la luna, a ser doctores, profesores, ingenieros, periodistas, empresarios y que, con el sudor de la frente, el trabajo nos iba retribuir la casita, el carro, los estudios, la familia, felicidad, bienestar… Íbamos a ir de vacaciones tranquilamente con el sol bañándonos en una playa blanca. Y Así como yo, muchas personas en Colombia fuimos creciendo, viendo a nuestros familiares entregarse con amor al trabajo; y entonces idealizamos también este tipo de amor.

Todos hemos escuchado historias de amor, de esos casuales que se convierten en la razón de la vida, de unas combinaciones impensables en donde todos los días son maravillosos, llenos de luz, de construcción mutua. También las historias que no son bien resueltas, con intríngulis, desamores, decepciones, desconfianza, de corazones rotos, casos en donde uno siempre da más que otro y están las historias de esos amores no correspondidos, que no importa cuánto se entregue, solo la vida es así.

Y algunos nos esforzamos para hallar la fórmula exacta: Entregarse completamente, no pensar, pensar y no entregarse, entregarse de a poquitos… En fin, todas las ecuaciones posibles para que la otra parte reciba toda esa energía que nos brota del primer y segundo chakra, que invade todo el ser y que definitivamente impulsa a vivir, en mi caso particular, llegar todos los días y compartir con otras personas el amor por la comunicación, el conocimiento y el trabajo.

Antes de empezar esta historia de amor, creíamos que el trabajo nos iba a corresponder, que gracias al sudor de nuestra frente íbamos a garantizar una vida mucho mejor que la de nuestros padres y familiares, que nos iba a retribuir todo el sacrificio, esfuerzo, horas sin dormir, días sin almorzar, zapatos desgastados, pestañas quemadas, pero cuando empezamos a trabajar nos encontramos con una realidad no tan recíproca, hecha del discurso neoliberal, del capitalismo desmedido y pulida a partir del lenguaje: “Señorita usted va a trabajar con nosotros, pero no es trabajadora, es contratista.” Y entonces, este malvado, contrato por prestación de servicios, empezó a nublar la idea romántica del amor sinérgico entre mi trabajo y mis derechos laborales.

En Colombia se dice que el contrato por prestación de servicios pretendía vincular a más personas al sector productivo. Según el artículo de El Espectador: “Contratados por prestación de servicios: ¿empleados de segunda? – Nada más triste que ser de segunda-  indica que al 2016 en Colombia 243.427 personas contratadas en sector público bajo esta modalidad”. Es decir, una cantidad importante de personas que cada fin de contrato tienen que rezarles a todos los santos que los contraten de nuevo, sin prestaciones sociales, sin vacaciones, sin posibilidad de ahorros, ni beneficios, sin “horarios”, un trabajador no trabajador.        

Cuando uno cuenta la historia de amor profesional, se iluminan los ojos y contamos todo lo que hemos hecho al pasar de años para mantener la llama viva del amor laboral, de todos los años entregados, de un antes y un después de mí. Sin embargo, este contrato de servicios va mucho más allá de perder todas las garantías que se habían logrado con años de lucha. Llega hasta el “Yo soy de planta y usted es contratista”, “estos derechos son para mí y estos deberes son para todos.”

Este tipo de contratación no solo afecta el bienestar individual, también el colectivo, pues en ese, “sálvese quien pueda”, la vida transcurre en acciones de supervivencia, la naturaleza del más fuerte, del interés particular, de las estrategias que apuntan al fin, sin importar las cuestiones éticas, de solidaridad y de consciencia. El sentido de pertenencia se ve seriamente afectado, porque con el tiempo el amor no correspondido genera fatiga. Algunos círculos sociales, con algunas ínfulas de poder acechan a los necesitados, aprovechan la inequidad y a diestra y siniestra ferian el derecho al trabajo.

El asunto triste de todo esto, y ya lo decía Noam Chomsky, es que sistemáticamente se quitaron todas las garantías que costó años de lucha y bajo la publicidad, las políticas de recesión o apertura económica y el lenguaje, poco a poco nos dejamos meter el gol, rompiendo la red social y dejando una enorme estupidez en quienes se ufanan de su estabilidad, se amañan en su confort y se olvidan del sentido común.

Dicen que: “Para
que cualquier sociedad funcione, por mínima que sea, es necesario establecer
relaciones de confianza y reciprocidad”
y más cuando el vivir de amor significa esa relación sinérgica con el trabajo.

El contrato por prestación de servicios para muchos o por lo menos para mí, significa ese amor no correspondido, una apuesta consciente por dar lo mejor de uno, aunque no haya ninguna garantía, reconocimiento, valor, ni reciprocidad. Cuánto desearía que todas personas que a diario SON esas entidades, esa fuerza laboral, desarrollo y progreso, pudieran tener un trato digno como trabajador, sin amenazas de ningún tipo, pudieran disfrutar de las garantías económicas y terminar un año sin la zozobra de si el otro tendremos cómo vivir gracias a nuestro trabajo y como decía Eduardo Galeano: que todos trabajemos para vivir.

Nos acostumbramos a “eso es lo que hay” y “estas son las condiciones” y aceptamos el rechazo legal, pero no tan legítimo. No se vale no dar el amor que tenemos, pero qué hacer cuando el amor no es correspondido. Lo ideal sería que ese contrato dejara de existir y abrieran más concurso y quienes legislan pensaran en las personas y todos nos movilizamos para que este fuera un país que realmente brindara oportunidades para todos. Y entonces yo no tuviera que explicarle a mi familia por qué no disfruto mis vacaciones. Que no entienden que no tengo vacaciones, sino que soy una desempleada a la espera de que el trabajo me valore.

Posdata: Aunque parezca, esto no es una queja personal, mi trabajo también me ha dado mucho. Solo que es evidente que las garantías laborales ahora no son las mejores y que podríamos estar mejor si tuviéramos el sentido común, pensar en el trabajo como un derecho que el Estado debe garantizar y no los favores que nos dan o que se deben pagar. Esta es la realidad de todas las entidades públicas, no de ninguna en particular.

Sentido común, movimiento político y simbólico

Queridos conciudadanos, soñadores y gente de a pie

Quiero contarles que, aunque aún dudo si será un partido o un movimiento, pues según la definición que encontré googleando “el partido político es una organización, un grupo de personas unidas por las mismas ideas políticas, por la misma manera de pensar sobre cómo se debe dirigir el país, un departamento o un municipio.” Y el movimiento político según la “Ley 130 define el movimiento político como: Asociaciones de ciudadanos constituidas libremente para influir en la formación de la voluntad política o para participar en las elecciones”. He pensado mucho, la idea del partido es atractiva: homogenizar las creencias y discursos de todos los adeptos es altamente tentador para el poder, pero realmente quisiera que en este movimiento simbólico todos pudiéramos tener el derecho sagrado a pensar diferente y poder construir desde la libertad, la justicia y el respeto.

Quiero contarles una de mis motivaciones para fundar este movimiento político y simbólico: Hace unos años me tocó hacer un curso de conducción, no era algo que quisiera, estar en las calles llenas de huecos, de salvajes atravesándose los semáforos en rojo, bicicletas volando todas las normas, las motos andando en zigzag, conductores hechizados por la rabia que de seguro transpira el air bag, la delgada línea que separa el carril derecho del izquierdo, todo estrecho, todo gris, conduciendo un carro blanco con señalización de ENSEÑANZA que provoca todos los insultos de los “hábiles” y “diestros” pilotos.

En medio de este caos un “adorable” viejo, con todas las mañas y sin ánimo de conciliar nada con nadie, apareció en contravía y vociferando, como decimos en esta fría ciudad, me echó el carro encima. No lo podía creer, ¡este puto carro dice enseñanza!

Este hecho particular, sumado a mi amor laboral no correspondido, que explicaré en otra nota, me hizo pensar en lo importante que es un movimiento del SENTIDO COMÚN, que no sólo es lo obvio, sino además, es la consciencia hacia la construcción colectiva, a pensar en las reglas y normas como acuerdos sociales, dinámicos, cambiantes, discutibles, pero que ayudan a construir una sociedad más vivible.

En este movimiento político y simbólico quisiera que lo público retomara el sentido etimológico, “Lo perteneciente al populus” es decir, lo que es del pueblo, no en donde la gente se hace chichí, no lo que es manoseable por este fenómeno desagradable, opulento y viscoso de la politiquería.

Quisiera que en este país lo público se cuidara por el sentido común… Porque si acabamos lo que es del pueblo, porque si transamos todo lo que es de todos, luego, qué nos pertenecerá, qué significará esa bandera con franjas amarillo, azul y rojo, si el azul está contaminado, disminuido y hasta nos han robado el tercer río más importante de la nación; acaso será la franja amarilla, que representa el oro que nos han saqueado durante años y años y que ahora pertenece -con el fantasma de la guerra- a algunas multinacionales. No quisiera que lo único que nos quede sea el escalofriante rojo de la sangre de los héroes, de los líderes sociales, de los jóvenes sin oportunidades, de campesinos con diferentes uniformes que motivados, en muchas ocasiones por las pasiones y necesidades humanas, terminan en uno y otro bando; la sangre de la violencia y agresión femenina… familias y compadres enterrados en el anonimato y la indiferencia.

Desde luego quisiera que este partido tuviera como principio las actuaciones obvias: la solidaridad, la justicia, la paz, el perdón, los derechos que se han cambiado retóricamente por servicios… Quisiera que se trabajara desde niños en el aprendizaje de escuchar, dialogar, discutir, que practicáramos aprender y desaprender, sobre todo a desaprender las mañas, esas mañas que con los años se vuelven dogmas, a desaprender esa manía por querer y creer que siempre tenemos la razón.

El partido del sentido común es una invitación a lo obvio, a lo que es fundamental, pero que se ha perdido por esas mentiras que se hacen verdad: “Todos roban un poquito”, “nada va a cambiar” … Es una invitación para atreverse a soñar y a tener un pesimismo un poco más constructivo.

Que cuando estemos discutiendo aspectos públicos, acudamos al sentido común.

Pacientes en pijama, una historia de comunicación asertiva

Un día cualquiera fui a mi EPS, supongo que estaba enferma o tenía algún control médico, iba dispuesta a hacer la cita de rutina, esperaba que la médica me tomara los datos, mientras miraba su computadora ella preguntaba, yo respondía, ella digitaba, al fin me dijo: pase a la camilla, y dije para mí misma -¡Por favor que por lo menos me mire!, que si tengo algo grave, una gripa apocalíptica, una tos infernal, un hueso que crece sin saber de dónde y por qué, que sea diligente y me lo detecte… ¡Dios! que el acetaminofén me cure todos los males.-

La cita transcurrió con normalidad, inicié una conversación, -suelo iniciar la charla con aires de periodista, también para asegurarme de que es un humano quien revisa mi salud- y recuerdo que la doctora respondió a no sé qué pregunta lo siguiente: ¡Ser médico ya no tiene el mismo valor social! Yo pensaba que ser médica era lo máximo, pero la atención de las EPS y la cantidad de personas con sus historias y sus dolencias hace que el trato con los médicos sea muy diferente. Antes las personas cuando iban al médico se ponían la mejor ropita, procuraban oler bien y trataban a los médicos de manera respetuosa, pero los tiempos han cambiado –la médica dio un gran suspiro- ¡Ahora ya ni se bañan, vienen en pijama!

Mientras terminó de revisarme, pensaba qué triste que un trabajo no fuera valorado, pero también se me vinieron mil quejas a mi cabeza: con razón porque ni miran a los pacientes en consulta, solo son veinte minutos, se creen más hablando en lenguaje técnico…  Y luego otra vez dije: ¡tenaz!, le agradecí su diagnóstico y la cita terminó allí, así como la reflexión de los pacientes en pijama.

Esta es una historia acerca de la experiencia de enseñar, de la comunicación y la pedagogía, así que ustedes se preguntarán qué tiene que ver esto con la tarea de ser profe, pues bueno, intentaré conectar esta anécdota fría y rutinaria con el amor y la asertividad.

Una noche tenía clase de comunicación con un grupo de animación 3D, recién empezaban su formación. Por cosas de la vida, la conspiración del universo y el afán rutinario de los procesos educativos, la mayoría de estos jóvenes, aunque no sabían qué era la animación, ni sí este era su camino para construir sus sueños, se esforzaban por cumplir con sus deberes, participaban con entusiasmo y las sesiones de formación transcurrían con emoción, con interés y con “buena energía”.

Justo con el ánimo de mejorar la comunicación asertiva de los aprendices, empezamos con algunas preguntas: ¿Qué es la comunicación asertiva?, ¿Ha vivido alguna situación de violencia? ¿Cómo reacciono YO cuando tengo algún conflicto?, entre otras. Mientras los estudiantes escribían las respuestas en sus cuadernos, mientras hacían preguntas como: ¿Profe toca compartir las respuestas? Mientras la normalidad de mi “cita”, de repente escuché el estruendo, un grito de una estudiante lanzándole con furia un celular en la cara a uno de sus compañeros, al tiempo que se le abalanzaba y él empujó la mesa para protegerse. En ese micro momento varios pensamientos pasaron por mi mente, ¡juepucha!, ¿cómo lo resuelvo asertivamente? y asertivamente, entre comillas, me salió un grito seco y con frenesí: ¿QUÉ LES PASA?

Los dos estudiantes y yo salimos del salón y en medio de los nervios traté de escuchar al uno y al otro, entender por qué habían profanado mi salón de clase o ambiente de aprendizaje… El asunto tuvo el trato académico y reglamentario. Lo pedagógico me llevó esa noche a sentarme sin aliento, con tristeza en el corazón y recordé a esa doctora de mi cita; ¿pelearse en un salón de clase?, eso no ocurría antes. Es decir, en Colombia nos hemos familiarizado con la violencia, con esa que ocurre en el otro Colombia Rural, en los hogares a puertas cerradas, en las redes sociales, en esas discusiones que tiene la gente con “mi otro yo”, en la calle, a la hora de la salida… No en medio de una clase de comunicación asertiva, no en mi clase. Esto era una profanación, sin duda eran mis pacientes en pijama, con la peor pinta, sin bañarse, sin querer escuchar, sin bajar la cabeza, sin fingir nuestra herencia cultural.

Esta es la historia de violencia que extrañamente aún nos sorprende, más aún, cuando la materia prima de quienes nos dedicamos a la labor de enseñar, son los sueños y los proyectos de otros colombianos. Suelo decirles a mis estudiantes en voz baja: La comunicación asertiva no existe y se los digo así, a manera de susurro, porque deseo con toda mi alma consciente que un día en Colombia las discusiones no se conviertan en riñas, en muertes, feminicidios, en violencia intrafamiliar, en asesinatos y en cifras como las fórmulas de acetaminofén o el número de aprendices que formamos en nuestras “sagradas” aulas. La institución es una micro Colombia, por la pluralidad, porque cientos de ciudadanos con diferentes historias y patrones en común ingresan a la institución con la decisión de mejorar su calidad de vida, de conseguir trabajo, pero sobretodo, para no sentirse solos, con la necesidad de ser aceptado como heterosexual, gay, raro, roquero, alta, bajo, gorda, viejo, con discapacidad, con pelo azul, verde, mechudos y mechudas que quieren aprender, que quieren sacar provecho de la educación pública, que quieren ser escuchados. Nuestra tarea es también orientarlos para que reconozcan y acepten la diferencia del otro y los otros, para que seamos una sociedad capaz de respetar, de transformarnos hacia la paz.

La definición de comunicación asertiva de la RAE es muy simple: asertivo, va De aserto.1. adj. afirmativo. 2. adj. Psicol. Dicho de una persona: Que expresa su opinión de manera firme.3. adj. Psicol. Propio de una persona asertiva. “La palabra amor, viene del latín amor”…, la definición de la RAE es mucho más extensa, de esta me quedaré con la siguiente: 7. m. Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella.

Es así que en una clase o en una conferencia a estudiantes o docentes estos dos temas no serían tan importantes, tal vez serían tomados como de “relleno”, porque han perdido el valor social, tal como le pasa a los profesionales en general, pero este escrito no es más que una invitación,  para que hagan real esta utopía de la comunicación asertiva y se esmeren por enseñar con amor a cada una de las personas que tienen la esperanza de que mañana será mejor,  disfruten de este relleno de comunicación, tal como se disfruta chocobreak, el tamal o  la empanadita, que no serían nada, sin lo que llevan por dentro, así como ustedes y como yo. Martha Pérez Sánchez