EL ORIGEN DE IDEAS SALVAJES

¿Qué harías por amor? Pues bueno, hace algunos años, cuando estaba muy enamorada, cruce el Amazonas para acompañar a un chico, con ritmos de sidestepper, así de tropical sentía la emoción del amor y de conocer este nuevo lugar, pero esa es otra historia.

Estando en el Amazonas, en la gran selva colombiana por primera vez,      sentí el aire húmedo que se quedaba en la piel, era Semana Santa de un abril cualquiera, había invierno y en los megáfonos de Puerto Nariño, un pueblo pequeño en donde no circulaba ni una bicicleta, se anunciaba que se podía nadar en las canchas que estaban inundadas hasta el tablero del baloncesto.

Los niños se divertían, se lanzaban desde el aro y hacían clavados, mientras los turistas, como yo, mirábamos asombrados la fuerza de la naturaleza y cómo se vivía allí mediando con su poder, el agua que inundaba las calles y se entraba a las casas de madera. Los mosquitos que sin el menor escándalo dejaban ronchas en la piel, las bandadas de aves que a las seis de la tarde llegaban a sus árboles, cantando, respirando fuerte, invocando a los espíritus de la noche.

Con quien era mi novio, nos encontramos con un amigo en una maloka del pueblo, un bogotano que había decidido irse a la selva; mientras fumaba un tabaco nos contaba cómo había sido su experiencia en la Amazonía, la comida fresca, las comunidades, con sus rituales, sus costumbres alteradas y modificadas por el trajín de los visitantes, su propia  adaptación y, sobre todo, nos contó como un hongo había atrapado su pierna, un hongo que ni se podía ver, había invadido sus tejidos y lo había dejado inmovilizado durante algunos meses, apenas estaba volviendo a caminar.

La idea de que un hongo pudiera inmovilizarnos me quedó rondando en la cabeza, los comparé con las bacterias, los virus y todo cuanto ser viviente nos rodean en la invisibilidad y definen nuestra existencia, la vida y la muerte de la humanidad, humanidad que es tan vulnerable.

Bailamos esa noche, nos olvidamos de los virus, salimos a navegar en un lago y nos olvidamos de las pirañas, pero la idea de la naturaleza salvaje me perseguía desde ese viaje.

Un día en una clase en la que se suponía todo iba a salir emotivo, reflexivo, una estudiante atacó a un compañero suyo porque le había rayado una hoja, la furia, la impotencia, la frustración que causó sentir tanta violencia me llevó a sentarme en un sofá triste a las 10:00 p.m. y escribí, escribí y escribí.

Y entonces nació un blog Ideas Salvajes, un intento para explorar cómo las ideas que surgen de manera espontánea pueden afectar y transformar la cultura, un poco de educación, un poco de comunicación, un deseo por construir un sentido común, que no es solo lo obvio, también el sentido colectivo.

Las ideas para crear un puente, como la canción de Gustavo Cerati y Fito Páez.

El pan integral de la educación

¿Para qué? Esta pregunta siempre es mi mantra cuando necesito hallar la razón, recuperar la esperanza y encontrar el sentido a lo pienso y digo, para poder dar claridad, encontrar la manera de desembarrarla cuando me he equivocado, «tirar mi cable a tierra» para poder justificar y darle valor a la educación y sobre todo el valor a enseñar «habilidades» blandas», comunicación, materias del «relleno» de nuestra humanidad.

Por estos días, una profesora dejó una tarea acerca de los mal llamados «falsos positivos», que fue cuestionada por una senadora. En plena pandemia han sido los estudiantes, las madres de los «falsos positivos», los líderes sociales, los campesinos, camioneros, trabajadores de Colombia, actores, periodistas, desempleados, «los nadie»… quienes han marchado y se han pronunciado frente al cansancio que causa la inequidad, frente a la indignación que causa el abuso y la desesperanza.

También en plena clase de «derecho» una estudiante fue censurada por manifestar en su perfil ese descontento, porque a nuestro país lo están masacrando y decirlo causa incomodidad y miedo y quien tiene un mínimo de poder lo utiliza a su antojo. Entonces en esto momento invoco mi mantra-¿para qué? ¿Qué hacemos mal para que estemos mal? ¿Y para qué sirve sentarnos todos los días a construir sueños de nuestros estudiantes si tal vez este país no nos brinde las oportunidades para realizarlos?

La situación de estos días en Colombia ha estado difícil, según los medios de comunicación nacional: «El país afronta una situación confusa», los «desmanes, la violencia y el vandalismo azotan al país», sin embargo la prensa internacional denuncia la violación de derechos humanos de los manifestantes que han salido a la calle a protestar, en plena pandemia», porque en Colombia la economía, la salud, la educación, la vivienda y la supervivencia está muy mal, tan mal que ni el temor al COVID ha impedido este descontento general, «el pueblo colombiano ya no aguanta más».

Entonces para qué la educación de los aspectos humanos sí en la vida real lo único que cuenta es lo técnico, será que los periodistas que sonríen, hacen entrevistas, nunca entraron a la clase de ética que decía que el periodismo sirve a la democracia y la construcción común, pero asistieron a las clases de manejo de la cámara, de micrófono, aprendieron hablar en público y modular la voz para decir cualquier cosa que les dicten y no tengan el filtro de lo que les dicte su consciencia.

¿Será que a los miembros de la fuerza pública que disparan contra civiles, desconocen la historia de sus propias familias, -que de seguro han sido trabajadores imparables- será que no reconocen en el otro la humanidad latente que recorre la sangre, será que aprendieron tanto la técnica de disparar que se les olvidó que las balas matan y nos han matado.

El país lleva varios años en la búsqueda de la paz, que sólo es posible dialogando y perdonando -y aunque no me gusten las formas de los verbos en andos y endos, alude a su simultaneidad- la paz es un proceso histórico y lento, en el que por ejemplo, de manera personal yo le di una oportunidad a un ex presidente por gestionarla y porque por algunos meses el sueño de morir de muerte natural fuera posible y el hospital Militar tuviera cero nuevos internos.

Nuestra historia colombiana tiene muchos capítulos de violencia, por un lado, una mezcla social de distribución de tierras, creencias religiosas, polarización, productos económicos imperantes como el café, las esmeraldas, las bananas, el oro, el coltán, la caña de azúcar, la coca, la mariguana, petróleo, aceite de palma africana, etc., algunos utilizados como hilo conductor de las narrativas criollas, también, todos estos productos, en muchos casos, han sido el eje central de violencia sistematizada, desplazamiento, negocios con mercados transnacionales que apoyados en discursos de odio han puesto como carne de cañón a los colombianos trabajadores.

Nuestras hermosas cordilleras hacen que seamos un país rico en biodiversidad, tan imponentes, tan majestuosas, ahora tan deterioradas y aún así se mantienen salvajes, silvestres, impenetrables, una barrera física que tal vez a hecho que nuestros pueblos no puedan pensar en colectivo, que no podamos reconocer nuestras historias y se mantenga un espíritu de competencia y no de cooperación.

Por otro, una cultura de miedo, de violencia intrafamiliar, de frustraciones, de venganzas, engaños y de pasiones, que hacen que sintamos que «sin dolor no te haces feliz», entonces si a mi tocó duro para merecer lo que tengo, pues el otro tiene que sufrir un poquito más para que sea digno, basta con echar mano de las historia de inmigrantes que viajaron con promesas de conocidos, pero cuando llegaron encontraron «la patadita de la buena suerte», porque patear al otro es un signo de motivación.

Si se revisa hacia el interior de las familias, son cientos de historias de abandonos, de traiciones, irrespeto, violencia económica, sexual, manipulación, caras largas y la imposibilidad de hablar, escuchar…

Hemos permitido como sociedad que haya casas de pique, que desaparezcan a jóvenes pobres y los disfracen de guerrilleros, hemos permitido que existan brechas de hasta 32 veces, entre quien más tiene y menos tiene, miles de personas en la calle, cientos de niñas y niños que no fueron, ni tuvieron una infancia feliz, miles de mujeres víctimas de violencia sexual y de quienes tomaron su cuerpo como botín de guerra, niños y jóvenes que tuvieron que tomar el camino de las armas, como alternativa para llevar comida a su casa.

Hemos salido adelante con esfuerzo, pero estaría bien que como humanos, pudiéramos crear condiciones para que la energía que concentramos en nuestro trabajo, representado en impuestos, recursos que administra el gobierno, tuviera mejor eficiencia para garantizar mejores oportunidades para todos.

Reconocer todo lo bueno y lo no tan bueno que tenemos, sanarnos y luego, hacer que nuestra sociedad sea mejor, porque cada institución la conforman personas y somos las personas que además de hacer algo técnico, compartimos nuestra humanidad con otros humanos, entonces cada vez que una institución (pública o no) no funciona es porque algo en el actuar de las personas no fluye como es: egos, incapacidad de escuchar, de generar la identidad, de construir valores, ambientes de respeto, de solución de conflicto y de NO TRAMPA, no corrupción y eso surge de las acciones y decisiones personales que hacen un sistema mayor.

A pesar de que hay muchas cosas por sanar, desde hace décadas vamos hacia una trasformación, siento yo, positiva, cada vez más decimos y gritamos lo que no está bien: violación, violencia de género, violencia de todo tipo y hoy millones de manifestantes en Colombia y el mundo lo hacen sentir, NO TODO VALE, decimos lo que nos es justo, queremos romper estructuras establecidas que han causado mucho daño.

Y sería lindo que pudiéramos hacer el ejercicio de permitirnos escuchar a quien piensa diferente, discutir sin dañar o anular, reconocer nuestra historia, cultivar la esperanza, el amor por nuestro espíritu, poder echar una mirada a la belleza que hay alrededor y que se convierte en arte, encontrar formas de catarsis para que no perdamos amigos, familias, cultivar la capacidad de pedir perdón, también de tener criterio para nunca dejarnos anular y construir relaciones más positivas, en todo ámbito

Llevo más de una década trabajando con jóvenes, con la educación, con la comunicación. He compartido los sueños de miles de jóvenes y sus familias que se esfuerzan para salir adelante, porque creemos en la educación, por eso aunque no sepamos hacerlos, leemos, nos informamos, interpretamos, aprendemos y desaprendemos, nos equivocamos, pero también somos capaces de aprender a abrazarnos, como pasó un día en una clase, cuando una estudiante no aguantó el llanto.

Tal vez lo único valioso que les enseñe no sea nada técnico, tal vez lo único importante que pase en mis clases es reconocer la humanidad de ese joven y guiar un camino de entusiasmo y amor por el conocimiento, inculcar la necesidad urgente de escucharnos, reconocernos, dialogar, discutir, ponernos en desacuerdo y encontrarnos en nuestras diferencias y aspectos comunes; solo puedo ofrecer, como se ofrece el pan de cada día, en versión integral, esta versión humana, tan equivocada, pero con amor y esperanza en la educación, para que este país donde no solo podamos ser exitosos, sino también mejores ciudadanos.

Gracias a quienes nos han mantenido con VIDA, gracias a quienes RESISTEN, gracias a quienes nos ayudan a SANARNOS y gracias a quienes nos INSPIRAN

Educación invisible

6:30 a.m. ¿Están ahí mis vidas? ¿Están ahí?…Holaaaaa, alguien me escucha, por favor que alguien se manifieste.

Este ha sido el saludo con el que este año muchos profes han iniciado sus clases, mediados por las frías y distantes pantallas, tal vez les sea muy parecido al video de Thalía o a las sesiones de espiritismo y un poco sí, de la euforia a la piedad del más allá, los profes esperamos la conexión de los estudiantes.

La educación este año ha tenido un papel determinante, no solo por los elogios y la sobrevaloración a la virtualidad, sino porque más allá de los procesos educativos, los profes tuvimos que enfrentar algunos daños colaterales de la pandemia: la depresión, la angustia, la desidia y la realidad del país relacionada con las oportunidades reales para la niñez y la juventud y la falta de reflexión acerca de los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Una mañana, en medio de un llamado sentido a mis estudiantes a la reciprocidad, uno de ellos, de los más sobresalientes, me recomendó poner una nota adicional para incentivar la participación de los compañeros, mi respuesta a los jóvenes, que se están formando en un nivel de educación superior, fue indicar que tal nota me parecía como si a mi, en mi rol como ciudadana, conocedora de mis derechos y deberes, me tuvieran que dar tamal para ejercer mi derecho al voto o si la educación en estos tiempo, a estas edades, necesitara de premios, «galleticas» o caritas felices… Luego de una excelente discusión acerca del asunto, me quedó rondando una pregunta muy importante para mi: ¿Para qué la educación?, por lo menos ¿Para qué la educación en Colombia?

Una palabra que nos ha dejado esta pandemia es la «reinvención», es decir, mi estudiante tiene mucha razón, tendremos que ajustar las metodologías en las clases virtuales mediadas por pantallas, con pequeños círculos que representan el rostro de esa persona que está del otro lado -claro, en el mejor de los casos, ESTÁ- , referencias de memes, youtubers, trucos y jerga de «gammers«, palabras en inglés como meet, fallas técnicas, falta de conexión y de equipos; porque en la Colombia real, en los hogares de esa mal llamada clase trabajadora, muchas veces ni hay trabajo, ni computadores, ni internet, ni celular, ni familia, ni todos los demás aspectos mínimos para que podamos hablar de una educación, sin mencionar la calidad.

Cuando yo estaba próxima a mi grado de bachiller yo la tenía clara, había fijado mi futuro en estudiar, para cumplir mis sueños, ser una gran profesional y mejorar mi calidad de vida y bueno… esto podría ser otro texto, no lo voy a discutir aquí, solo sé que estas siguen siendo las razones principales por la que muchos colombianos estudiamos, poder salir algún día -creo que ese «algún», cada día puede ser más extenso: alguuuuuuuuún día- podamos tener una mejor calidad de vida. Lo sé porque es la primera pregunta que les hago a mis estudiantes y sé también que suena a cliché, que puede sonar tonta, pero preguntarse por qué decidimos estudiar, leer, escuchar, compartir nuestras opiniones, intercambiar aprendizajes, aprender y desaprender, es armarse de toda esa energía y voluntad para enfrentar todo lo que se viene.

Muchas familias en Colombia esperan que sus hijos y jóvenes puedan valerse por si mismos, que puedan tener sus propios criterios para tomar decisiones, desarrollar habilidades y eso implica procesos complejos de la educación: aprendizajes significativos, el juego, la lúdica, la mayeútica, las prácticas dialógicas, el constructivismo, la investigación, metodologías, estrategias, planeación, conocimientos, por supuesto, la interacción con otros seres humanos, con todas las complejidades, con la posibilidad de discutir, argumentar, tener conflictos para resolverlos, escucharnos, expresarnos, la educación como un lugar para ser.

Así mismo la educación, como la mayor fuente de oportunidades para mejorar nuestras realidades, para aprender a hacer algo, con qué «defenderse en la vida», como dice mi mamá, es la razón, con la que creo, las familias más presionan a los jóvenes a estudiar, estudiar algo que le permita tener un trabajito, para que pueda aportar o por lo menos, dejar de ser un gasto. Y digo presionar, porque esa es la realidad, pocas oportunidades de acceso y permanencia en la educación superior, posibilidades de empleo y conflictos familiares. En la pandemia muchos de mis estudiantes tuvieron que salir a trabajar, en el rebusque, en trabajos informales, en trabajos donde ni siquiera ganan el mínimo y muchas veces esta situación los pone contra la pared: o sobrevivir o estudiar.

Ante a este panorama acerca de la educación, la pandemia le ha puesto otra variable: la virtualidad, gracias a la vida, la ciencia, la tecnología en esta pandemia podemos «conectarnos» y continuar con la educación, sin embargo por mucha fibra óptica, herramientas de Google, nada tiene sentido, cuando no hay sentido… Nada tiene un interés real cuando la motivación es solo la obligación, ahora bien, ¿de quién debería ser la motivación que conlleva al compromiso? ¿Cómo puede construirse ese ambiente de educación de verdad?

Si las familias creyeran en la educación apagarían la televisión, la radio, la licuadora y procurarían darle a sus hijos un espacio con menos distracciones y sí, sé que a veces el aula de clases queda en el mismo lugar que se debe compartir con los otros miembros de la familia y sé que el meet es solo una ventana más de las otras a las que podemos acceder de forma virtual, pero cómo ayudaría que les proporcionaran un ambiente con mínimos ergonómicos y ambientales, por favor no envíen a sus hijos a hacer el mandado cuando ellos estén en clase, y ante el hecho que deban cuidar a sus hermanitos u otras responsabilidades, como recibir los encargos, pues… No voy a meterme al rancho, estamos en una nueva realidad… Peroooooooooo.

Si la educación dejara de cargar ese peso, que debería ser de los programas de gobierno, responsabilidad del Estado, para mejorar la calidad de vida de los colombianos, si la educación pudiera conservar espontaneidad y la gracia de aprender, solo por el amor a aprender, por el amor por el conocimiento y esa fuera la principal razón, de seguro no tendría que rogarle a mis estudiantes que a las 6:30 a.m., salgan de sus calientitas cobijas y se conecten, no sólo de manera física, sino con el espíritu, el corazón y la mente.

Y por supuesto sé que como profe debemos hacer mucho más que solo conectar un meet o un zoom, incluso, más que hacer unas clases geniales; crear un espacio, virtual o físico, para educar debe partir de enamorarse de educar, de compartir el amor por el conocimiento y por cada disciplina, dar ejemplo, armarse de valor para enfrentar la rutina, la falta de interacción real que compromete más de un sentido, acudir a los corrientes pedagógicas para innovar y hacer de esta educación invisible un proceso significativo.

Tal vez no salga en los periódicos, pero lograr que 25 estudiantes de 30, realmente estén atentos y presentes, siendo conscientes y participes de su educación realmente es un logro. Celebro y agradezco a mis estudiantes que pese a todo terminaron este año educándose, gracias, gracias por tanto valor.

Tal vez el 2021 sigamos desde nuestras casas educándonos, de verdad quisiera que a quienes les corresponden consideren que pese a todos los halagos a la tecnología, seguimos siendo de carne y hueso, tenemos cinco sentidos, lenguajes, idiomas, ideas, tenemos humanidad y esa humanidad requiere del encuentro para que podamos ser seres sociales.

Colombia un país de «en la lucha»

Desde 1999, según el portal de Naciones Unidas, se conmemora el Día Internacional de la Juventud. Resulta curioso que en la nota acerca de este día el mensaje reiterativo sea la invitación a «el compromiso de la juventud», desde la participación política para la construcción del mundo que queremos y del que somos parte; para la muestra un botón: esta misma semana en Colombia de nuevo nos quedamos atónitos por la masacre de cinco jóvenes en Cali y ocho en Samaniego, Nariño y entonces me pregunto ¿cuál es el compromiso de este país con los jóvenes?

Es escalofriante pensar que en Colombia ni siquiera en esta pandemia, la violencia intrafamiliar, las masacres, las muertes de líderes sociales y el aumento de la delincuencia y la pobreza no cesa. Es muy triste leer titulares de «descuartizaron», «violaron» desaparecieron. Para la prensa y los informes oficiales esas muertes se convierten en cifras, para las madres, padres, novias, novios, amigos, familiares, cada vida es un canto desgarrado, es una historia, es una lucha de ese compromiso que descaradamente le piden a la juventud y a la ciudadanía.

Desde los lados privilegiados es muy cómodo cuestionarse a qué se comprometen, pero entender el nivel de compromiso que requiere ser colombiano joven en Colombia es otra cosa y todo depende de donde se haya tenido la suerte o desdicha de nacer y crecer.

Para la mayoría de colombianos hacer los sueños realidad es una total utopía, empezando porque para muchos la palabra sueños no existe, solo el día a día, el abrir los ojos y cerralos con la adrenalina de vivir en medio de la guerra, que ni entendemos las razones, ¿patriotismo, castrochavismo, no parecerse a Venezuela, intereses económicos, narcotráfico, guerrilla, paramilitares, delincuencia, etc.? o de la violencia o la falta de oportunidades y la carencia, de amor, de esperanza.

Para otros colombianos jóvenes vivir en Colombia es estar en la lucha, en la lucha de poder estudiar, de poder sobrevivir a las familias, de poder repensarse el tipo de vida que se quiere construir, el pagar el crédito de los estudios o simplemente reunir lo de los buses, dejar de comer, de vestirse, de recrearse, ejercitarse, someterse a los trabajitos, en muchas ocasiones mal remunerados, esforzarse y esforzarse y esforzarse mucho con la esperanza de poder tener un poquito más y con ese poquito más poder estar mejor, algún día.

Para muchos jóvenes vivir en es país no es fácil, realizarse, poder viajar, vivir de su trabajo con dignidad, ser el mejor deportista, el mejor profesional, ser feliz, tener una casita, salud, trabajo, estudio, etc., aunque con toda la dopamina que genera acceder a la educación superior, tener amigos de barrio, celebrar los partidos de la selección o los equipos regionales, las hazañas de nuestros ciclistas, cantantes o artistas que lo lograron, no es suficiente.

También, quienes tienen la posibilidad de huir o migrar lo hacen y cuando están en otra tierra, así las negociaciones internacionales en muchos casos sean el origen de los gobiernos más corruptos y ventajosos que desangran nuestros recursos y desvían la inversión social, se aferran al «sálvese quien pueda» y se salvaron… y generalizan la estupidez de quedarse aquí o la maldad de nuestro ADN colectivo o la maldición de nuestra historia, qué vergüenza ser colombiano. ¡Afortunados «hermanos»!, ya nos lo son, ya pueden mirar desde la barda, creer ciegamente en caudillos, es posiciones políticas de derecha, izquierda o centro, desde la indiferencia, impotencia, pero desde una lugar más cómodo.

Y pese a todo esto son jóvenes colombianos que creen que es posible cambiar este cáncer, con alegría, con un trabajo social, político, religioso, cultural, académico, haciendo una ola expansiva de hacer las cosas bien, los conozco, he compartido con ellos procesos sociales, han cambiado sus comunidades, han defendido las tierras de los monocultivos, del servicio militar obligatorio, han ayudado a los gobiernos locales a invertir en aprovechamiento del tiempo libre, han dado dignidad al trabajo infantil, porque hay familias en que cualquier peso extra significa no irse a dormir con la barriga vacía, he visto como han ampliado las prioridades juveniles, además de la prevención de drogas y embarazos no deseados, han hecho procesos de resiliencia con sus familias, con los «actores» del conflicto que se las quitaron, han aportado a una educación más consciente, con un mejor sentido colectivo, han criados a sus hijos con amor y respeto.

Por eso la muerte de cualquier ciudadano a causa de la violencia debería ser dolor profundo, una vergüenza colectiva y un llamado a que nos uniéramos y desde nuestro alcance pudiéramos realmente hacer de este país algo más que una tierra de salvajes en donde todo es válido para sobrevivir: Venderse al mejor postor, seguir con furia y pasión a quienes nos venden promesas o salidas para no pensar y estar no consciente de nuestra realidad.

No ha sido suficiente creer que se puede cambiar este país, lo siento mucho de corazón a todos quienes aún creemos que este país puede ser mejor, cada muerte violenta, es un dolor profundo, un golpe en nuestra fuerza colectiva. Cuando recuperemos la esperanza seguiremos para brindar mejores oportunidades, que para muchos es más que un eslogan, para muchos es nuestro propósito para que a los jóvenes no se les vaya tan pronto las ganas de seguir en lucha.

Desaprender y aprehender a ser mujer

En estas últimas semanas de nuevo el país entró en la estupefacción que genera el horror de la violación de una niña indígena de 13 años en manos de siete soldados. Cada vez que hay una noticia como esta, de nuevo salen los datos de violencia contra la mujer de todos los tipos, de nuevo se hace presente la indignación, la revictimización y la necesidad urgente de que por fin pase algo en la mente de los humanos para que esto NO ocurra nunca más.

En estas épocas de pandemia es obligatorio que nos resguardemos en nuestras casas para estar a salvo, pero para miles de personas la situación de confinamiento solo es una forma más de peligro y este hecho resume el grado del tipo de sociedad o de humanidad que somos… ¡No podemos estar seguros ni en las propias casas! Y no podemos estarlo porque:

En las casas nos violan familiares y amigos cercanos de nuestras familias, vecinos o malandros que entran a la fuerza.

En las casas nos enseñaron a las niñas a pelar gallinas y hacer oficio para que no nos devuelvan los maridos. Y supimos que debíamos tener uno y también debíamos tener hijos, así fuera solas.

En las casas vimos que mamá aguantaba el maltrato de papá o del esposo porque no tenía cómo sostener a sus hijos sola.

En las casas aprendimos que el amor era sacrificio y en este sentido, siempre mamá servía más comida a los hombres de la familia, a quienes también le servían primero.

En las casas los hombres no eran cuidadosos para hacer chichí y dejaban el sanitario salpicado, pero ¿qué tiene que ver esto con una violación sexual o con el maltrato? RESPETO, ese pequeño acto habla del respeto por el otro, habla de la consideración y del cuidado, porque este lugar es foco de muchas infecciones.

En las casas no se podía hablar del periodo delante de los hombres, porque era algo sucio y aprendimos a sentir vergüenza de nuestra naturaleza. Y ni hablar del sexo, del disfrute del sexo, un tema sin momento, muchas veces direccionado a la maternidad, porque el placer es un asunto masculino.

En las casas aprendimos a criticar a las otras mujeres, porque son las otras quienes se meten con los novios de las otras, son las otras que provocan a los hombres, son las otras que son gordas, flacas, bajitas, altas, brutas, creídas, tontas y no queremos parecernos a ninguna de ellas, es más, no queremos parecernos ni a nuestra mamá que se ha sacrificado tanto en silencio.

Ahora en las calles. En las calles aprendimos a mirar mal a todo el mundo, porque siempre hay quien mire con cara de enfermo, con morbo y se le salen palabras grotescas que nos intimidan.

En la calles de Bogotá aprendimos a caminar rápido, acelerar el paso porque hay quienes nos persiguen en carros, en bicicletas o caminando.

Aprendimos a cubrirnos los senos con maletas en el transmilenio y a sacar el codo para que ningún depravado nos restregara su pene. Y también a saludar de lado para que quienes nos saludan no abusen de su «cordialidad».

Aprendimos a pedir toallas higiénicas en público con nombres en clave para esconder la vergüenza, nos las envolvieron en bolsas negras o papel. Aprendimos a planificar con la pastilla “postday” y con el tiempo aprendimos a que estas pastillas NO son un método de planificación. A punta de manchas, acné, kilos de más o de menos, aprendimos lo agresivos que son los anticonceptivos con nuestros cuerpos y nuestra salud. Aprendimos a ceder y ahora a negociar el uso del condón.

Aprendimos que abortar quiebra el alma y que no es la decisión más fácil y aprendimos que hay una historia en cada decisión.

Y cuando nos engañaron y nos cambiaron por la del cabello azul, rojo, largo, crespo, por la que baila mejor, por una más hermosa, más atlética, más inteligente, más cadenciosa, divertida o seria, de otro país, con otra lengua y acento, cuando nos cambiaron por cualquiera, aprendimos que todas somos la cualquiera y que el problema no es con la otra sino con el otro y el tipo de relación que tenemos.

Aprendimos a que por nada del mundo nos pueden maltratar de ninguna forma, que los celos no pueden llegar a la agresión física, ni emocional, ni sicológica, ni económica. Pero antes de esto, nos costó todo el amor que quisimos dar y no salimos ilesas.

Aprendimos que no se puede confiar en la “justicia” porque son hombres con uniformes quienes nos vulneran, agreden, interrogan o ejercen el poder.

Es más, aprendimos que el problema es con una misma para poder reconocer qué tipo de mujer queremos ser, tener la oportunidad de decidir y de transformar desde nuestras propias historias las prácticas cotidianas y sabemos que no es fácil en esta sociedad ser una mujer.

Hemos ido con la sicóloga para sanarnos y allí, hemos hablado de los otros, de nuestras parejas, nuestros intentos, de las familias y de todo lo que hemos aprendido que está mal y lo que no hemos aprendido. Y hemos reconocido que para las mujeres que nos antecedieron fueron tiempos aún más difíciles y se volvieron fuertes, protectoras y sobreprotectoras y aprendieron a sobrevivir.

Aún falta mucho camino por recorrer para ser una sociedad más equitativa, en donde los hombres practiquen y sientan empatía por las mujeres, se desacomoden de sus privilegios y ayuden a construir una cultura más armónica. Nos falta que cuando las mujeres ocupen cargos de poder lo hagan sin querer arrasar a todos los demás, porque sabemos lo que le costó llegar allí, pero se puede hacer las cosas diferentes, pensando en los intereses colectivos y comunidades menos violentas.

Falta que la justicia se comporte a la altura y hace falta una educación de iguales, donde lo importante no sea competir, sino colaborar, sociedades basadas en el respeto en todas las formas, que posibiliten mejores oportunidades para las niñas y los niños, los jóvenes y las mujeres, que repercuten en políticas pensadas desde la diferencias.

Hace falta acciones para sanarnos mental y emocionalmente de manera social, porque hemos permitido muchas injusticias como nación, guerras donde el cuerpo de las mujeres se convirtió en un arma, porque aún nos siguen matando en nuestras casas, porque aún aprendemos en medio de susurros que nos pueden violar, o acosar, o maltratar o juzgar sólo por el hecho de ser mujer.

También nos hacen falta herramientas que nos permitan sanarnos emocionalmente y sicolológicamente y aunque seamos el fruto de embarazos no deseados, de lucha de mujeres solteras que asumieron su maternidad, mientras los hombres simplemente nos abandonaron, aún así merecemos otro tipo de relaciones, otro tipo de realidades, mucho más sanas y conscientes, significativas, no solo desde la supervivencia. Las mujeres adultas y jóvenes somos afortunadas, y aunque nos cueste aún, podemos decidir qué queremos ser, sin miedo, no ha sido, ni es, ni será fácil.

Gracias a todas quienes se han mantenido fuertes, han sido flexibles para deshaprender todo aquellos que está mal y nos impulsan a no demorarnos tanto o someternos. Gracias a quienes ayudan a educar a hombres y mujeres menos salvajes y ojalá que el maltrato no sea nuestra realidad y mucho menos las historias de violencia contra nosotras, porque hemos aprendido a sentir el dolor de las otras como propio.

Cuentas claras

1, 2, 3… ¡Al aire! Tengo 2 añitos, me celebraron los 15, me casé a los… No, no me he casado, me gradué a los 24, llevo trabajando más de 17 años y empecé desde muy joven, no hagan cuentas. Contar es un «truco» que el lenguaje nos ha permitido, como dice la conferencista Lera Boroditsky, aunque no es propio de todas las culturas y aquellas que cuentan no lo hacen de la misma forma.

Hemos necesitado de las matemáticas para poder contar y es muy interesante conocer que la palabra matemáticas viene de la raíz griega «mathēmatikós» que significa «el que ama el aprendizaje» y también está relacionado con la astrología, con lo finito y lo infinito, con el susto de descubrir que en nuestro inventario escolar en kinder, perdimos un color, tal vez de ahí empieza el miedo a las matemáticas, ahora que caigo en cuenta, porque algunos le tienen miedo; a mi me generan fascinación, porque me ayudan a imaginar todo lo que no alcanzo a comprender: los metros cuadrados de las casas, los porcentajes de los intereses de las tarjetas de crédito, la distancia de los astros, el comportamiento de los agujeros negros.

Las matemáticas, como todo lo complejo, genera varias sensaciones, las cuentas que nos hacen felices: los seis meses de mi ahijado, la cantidad de amigos que conozco y que son cercanos desde hace más de doce años, los integrantes de mi familia que aún están con vida, el pago de cada mes, las personas que se conectan a las clases, ahora virtuales, los días en los que hemos estado alegres.

Otras cuentas no son chéveres: los días que a causa de la distancia física o no, hemos extrañado a quienes amamos, la cuarentena que de cuarenta ya pasamos, los días que hemos permanecido sin la libertad de movilizarnos, de encontrarnos con nuestros seres queridos, el mínimo que para algunas familias no llegará, el total del mercado básico que no todos los humanos en el planeta en este momento pueden costear, el número de países en crisis a causa del virus, la cifras de contagiados, de fallecidos y de recuperados.

Y de nuevo viene el miedo al contar, porque a medida que contamos caemos en cuenta de las pérdidas, de los días que no dijimos cuánto queríamos a los que queremos, del tiempo que como humanos aprendimos a medir y que se solo valoramos cuando está terminando, de la incertidumbre de lo que pasará.

Y amo aprender, pero la exactitud, que también es una definición de las matemáticas, que se sintetiza en cifras, me causa nostalgia, porque los números a veces no alcanzan a dimensionar lo infinito, por ejemplo, el amor infinito que hace que cada día que extrañamos a alguien, es una noche sin poder dormir, que cada día de confinamiento es una oración a la vida por otro día más de nuestros seres queridos, que los kilómetros que nos separan, a veces se acortan con una sola llamada, que cada día de los seis meses de mi ahijado y de mis primitos bebés, hijos de mis primos, son el descubrimiento del mundo y la alegría de la sorpresa y no quisiera perderme tantos días de su crecimiento. Que esos números de personas que perdieron la batalla con lo invisible, han sido los familiares queridos de alguien.

Que este proceso de la vida nos enseñe que este truco de contar también aplica para contar las historias que vivimos cada día y que hagamos entonces que cada día valga la pena.

Profe, sin vergüenza

¡Mami, mami!, ¿te acuerdas de Carolina Vargas, mi amiga de primer semestre de la universidad?, ¡mírala mami, está en la tele! – Ay sí, tan chévere, contestó mi mami y sin dejar de mirar la pantalla me lanzó su comentario cruel: -Y usted por qué no quiso ser periodista, yo pensé que para eso había estudiado, ¿por qué se quedó como profe? Su pregunta, formulada como si fuera una juez, siempre la recuerdo, cuando mis ex estudiantes me preguntan si aún sigo enseñando, cuando hago consultorías a empresas y los gerentes hacen caras de duda, cuando paso hojas de vida o presento entrevistas o cuando simplemente me preguntan a qué me dedico y, dependiendo el nivel de esperanza que tenga ese día, la contesto con orgullo o a veces como si debería sentir vergüenza, porque al parecer ser profe y enseñar es una especie de mala suerte, de mediocridad o conformismo y entonces yo también me pregunto: ¿Por qué profe?

Escogí ser comunicadora y periodista porque me encanta la historia y creía que podría escribir bien, quería narrar y analizar los conflictos, ser reportera de guerra. En mi último año de bachiller fui personera, la política me gustaba, me hacía ojos, era líder, convocaba, movía, discutía; en la universidad me vi involucrada haciendo una empresa social, dedicada a la comunicación para el desarrollo, a la educación-comunicación; con amigos durante varios años experimentábamos formas de diálogo y de construcción social que permitiera la consciencia política de los jóvenes y sin pensarlo terminé siendo profe, profe en un lugar que lleva la comunicación como apellido.

Los estudiantes son de todos los colores, de todas las condiciones sociales, psicológicas y físicas, buscan en la educación una forma de salir adelante, de cumplir sueños, de poder transformarse, descubrirse para ser reconocidos, para ayudar a sus familias, para ser independientes, algunos -y hay que decirlo-, solo juegan a estudiar o seguir la corriente, para que sus familias los dejen en paz, para que sus madres descansen un poquito de preocuparse de estar en malos pasos, algunos a los 17, 18, 25, 30, 57 o 60 años están desorientados, porque no saben qué quieren ser, porque la sociedad nos pide y obliga a sobrevivir, destacarse y tener éxito.

Entonces ser profe es estar todos los días enfrentados a ese voltaje, a esas historias colectivas y personales, a ese reto de que ese ser humano pueda descubrir y reconocer quién es para que sea lo que se le antoje y lo haga con dignidad, con disciplina, con amor, con respeto.

En mis clases aunque son de educación superior, debo enseñar que las agudas se tildan cuando terminan en n, s o vocal, que el diptongo es una relación silábica amorosa y que el hiato es una cruel separación, sí, enseño ortografía, porque a la educación básica no le alcanzan 12 o 14 años para lograrlo y a mí tampoco año y medio. En mis clases enseño que podemos ser diferentes, que esta sociedad necesita competir menos y pensar más en colectivo, en mi clase es regla el respeto y que podemos no estar de acuerdo, enseño que de nada sirve la teoría cuando no se aplica y que podemos construir comunicación con sentido.

Es muy común que en mi clase de comunicación el primer día me digan: ¡Profe a mi no me gusta el español, no me gusta leer y esta clase es de relleno! A mí me gusta el fútbol. Y yo me quedo fría y pido a mis estudiantes una oportunidad para que luego en las noticias le pueda decir a mi mami: ¡Mami, te acuerdas de Julián, el chico que me dijo que no quería leer, míralo en la tele:

Noticia de última hora: Ayer en el encuentro de lectura en la Biblioteca Virgilio Barco, Julián estuvo leyendo tres horas el libro de Autogol, luego de que su profe le dijera: «Julián, a ti que te gusta el fútbol, este libro es para ti, es de Ricardo Silva, me cuentas si te gusta» y al otro día lo llevó a su clase y terminó de leerlo en una semana… NO, ese logro NUNCA saldrá en la tele, pero el día que me encontré a Julián en la calle 72 y me siguió una cuadra, solo para saludarme, darme un abrazo y decirme que había seguido estudiando, que tenía un trabajo como diseñador, que pronto sería profesional y que me agradecía infinitamente, ese día quise que mi mami se hubiera sentido orgullosa de mí, como si hubiera ganado una pelea, un mundial de algún deporte, algún reallity o una nominación en un festival de cine.

La materia prima de los profes es el conocimiento y los sueños de los estudiantes, pero yo soy comunicadora social, es decir mi otra materia prima es el lenguaje, vaya combinación, completa, abstracta, poderosa. Cuando me quise dedicar a la política me dio un poco de asco, pero ser profe me ha dado el poder de hacer transformación, o bueno, creer que ese es mi rol, hacer transformaciones diarias, que a veces resultan y a veces no. Cuando sale bien, son cambios en la forma de expresarse, de argumentar, de ver el mundo, es la educación abriendo paso a las oportunidades y con ellas, el primer almuerzo con su propio sueldo a sus familias, el reconocimiento, la creación de empresas dedicadas al diseño o la gestión de contenidos, colegas que desde el diseño aman la comunicación.

Pero cuando sale mal…

Cuando sale muy mal es cuando no he logrado convencer a mis estudiantes que la vida vale la pena, que el respeto, la comunicación asertiva y el amor nos puede salvar, cuando no he podido convencer a mis estudiantes que este país de tragicomedia se puede cambiar con las acciones individuales y que SOÑAR es una acto de valentía y revolución, que así la guerra les haya quitado a sus familias, pueden seguir viviendo. He perdido ya varias veces y esas pérdidas sí han salido en los periódicos: “Un joven de tantos años fue hallado ahorcado en Toribio Cauca», y en medio del llanto he tenido que contarle a mi mami quién era este joven y cuántas veces intenté ayudarlo.

Ser profe es tener la esperanza, como decía Eduardo Galeano, en el bolsillo, a veces está allí, entre la mano, pero otra veces se cae y toca levantarla del suelo, ser profe es todos los días buscar la mejor forma para contar la historia, es motivar a creer que se puede soñar, es descubrir cómo se pasa el tiempo y cómo se ve el mundo desde los ojos más jóvenes, es todos los días conversar, compartir, es lanzar esos comentarios crueles, que sin querer aprendí de mi ma´, es ver cómo pasan cientos y miles de personas, mientras mi mente se transforma, se vuelve más estructurada, metódica y mientras enseño me doy cuenta si sí aprendí bien, no solo es un asunto altruista, es estrategia, no hay mejor manera de aprehender y desaprehender que compartiendo las dudas y los conocimientos.

En estos días virtuales, distantes, solitarios, incómodos, difíciles y cambiantes, algunos padres de familia se han dado cuenta que sus hijos existen, los han escuchado, los han visto llenos de trabajo, frustrados, alegres, motivados, con ganas de seguir, claro, otros no. En estos días los profes hemos trabajado el triple, porque seguimos escuchando, reconociendo, compartiendo los días, armados de pensamientos hechos lenguajes, de palabras amables y combatiendo la desidia, transmitiendo información, memoria, permitiendo cuestionarnos para que cuando podamos volver a salir no seamos los mismos, seamos más creativos, más solidarios, más felices y empáticos y entonces podamos decir sin vergüenza que somos profes.

09 de abril de 2016, el día que sentí el sentir de las víctimas

Hace cuatro años conmemoré el día de las víctimas en el borde de la frontera colombiana, en un lugar más cerca a Ecuador que a cualquier pueblo del territorio nacional; allí en El Placer, Putumayo, el denso recuerdo de los días oscuros aún hacían estremecer el corazón y la piel de sus habitantes y sus visitantes, allí sentí la impotencia y el dolor de aquellas personas que habían y vivían la violencia y la guerra.

Durante dos días viajamos de Bogotá a Putumayo con el director de Relatos de Reconciliación y las facilitadoras de la ONG que nos habían acercado a las víctimas, nuestro objetivo era conocer historias de la guerra y darles voz a través de la animación, servir de algo, de puente, de catarsis, de memoria. Llenos de expectativas llegamos a este lugar, un hálito de humedad, de energía pesada nos dio la bienvenida.

¿Cómo acercarse al horror? ¿Cómo preguntar qué hecho les había dado ese “rol” de víctima? Mientras nos presentaban con las personas que querían ser parte del proyecto, solo alcanzaba a percibir el empeño de las muchas mujeres y algunos hombres que alistaban todo para conmemorar el día de las víctimas: Flores, actos culturales, palabras de aquel, del otro, la presencia de la Policía con armas, los vendedores ambulantes y los encargados de refrigerios que tenían ese día la oportunidad del emprendimiento.

Entre las notas de la banda marcial del pueblo, entre la herencia bélica, la marcha, el uniforme militar y la música, el himno nacional sonaba y abría el espacio incómodo, por la presencia de miembros de la fuerza pública, excombatientes, civiles y víctimas. Las palabras se hacían memoria y el clamor era la No repetición. En ese viaje lo más importante que me pasó fue que entendí qué era lo no debía repetirse.

En la tarde empezamos a hacer las entrevistas, el lugar que escogió la primera mujer para contarnos su historia fue el río, símbolo de abundancia y contenedor de la vida y la muerte. Por cuestiones obvias de seguridad y por recomendación de la ONG no fuimos allí, entonces el cementerio fue el escenario:

-Las tumbas que ven aquí, son de la gente que ha muerto de forma natural, todos estos de allí son los muertos de esta guerra-. La proporción era de 10 a 100, por tener una referencia. El cementerio estaba alejado del pueblo, el paisaje tan devastador, como escalofriante, rodeado de la vegetación exótica de la selva que contrasta con la tragedia.

Este primer relato me apachurró el corazón, me hizo apretar los dientes, escuchaba atenta y no sabía si podía permanecer objetiva, consciente, mi deseo era abrazar a esa mujer que el destino la había puesto entre hombres, que dotados de armas adquirían el poder de violar, matar, amenazar y callar. Mi compañero de viaje permanecía callado y con la cabeza baja. Yo sacaba fuerzas para mantener la “inteligencia” y seguir el hilo.

Luego de esta primera entrevista, otras dos mujeres nos contaron sus historias, los hechos comunes: Familias fragmentadas por la necesidades, el abandono, la fuerza reflejada en sus manos y el trabajo para sostener a sus hijos, para amar a pesar de tener el vientre roto. Esa tarde recuerdo que no podíamos hablar entre nosotros, no salían palabras, los labios estaban apretados, sólo había miradas tristes. El equipo de trabajo se alejó, necesitamos espacio para asimilar este peso, yo necesité un café cargado, Rubén, el director, un litro de leche.

Al día siguiente hicimos todas las demás entrevistas, de las treinta y cinco personas que estaban reunidas con la ONG, todas querían dar sus testimonio, así que no tuvimos tiempo de escuchar con toda la solemnidad, con todas las precauciones técnicas, con toda la consciencia para entender la complejidad de esta guerra y de las relaciones humanas.

Y entonces, cuando las mujeres tuvieron que contar su historia al director, bajaron la voz y la cabeza, susurraron el horror, porque sí aún socialmente a las mujeres nos da vergüenza decir que somos mujeres y menstruamos, más, mucho más, reconocer públicamente que nos violan y agreden, que acceden a nuestros cuerpos y que la guerra de manera macro, se apropia de terrenos, se mezcla con política, filosofía y economía, pero en la primera línea, en el campo de batalla, saca los demonios de los individuos, toma las pasiones humanas y nos despoja de eso precisamente… de la humanidad.

Las entrevistas con los hombres me mostraron que en este país es muy difícil ser feliz, que las pocas oportunidades dota a los niños y las niñas de las responsabilidades, experiencias y marcas de adultos; que los momentos felices de la niñez en Colombia se resumen a recuerdos fugaces compartiendo travesuras con otros niños, con juguetes hechos de palo. La violencia, en todos los matices han hecho que estos niños no puedan considerar la palabra sueños, porque los niños, en los campos o en las ciudades, deben sobrevivir, a veces sin protección y sin amor.

Este pueblito llamado El Placer me enseñó que han sido las mujeres las que han tenido que sacar a sus hijos de sus territorios, poner su cuerpo, enterrar sus amores y aún así tienen la valentía de reconstruir el territorio y sus almas.

Los hombres han puesto su vida y su fuerza, pero algunos se pierden desde muy jóvenes entre cantinas y prostíbulos y de nuevo ahí nacen esas otras guerras entre mujeres, unas que producen placeres y otras que brindar protección, entre parejas con acuerdos supuestos, sin mínimos de reciprocidad y en conjunto, odios, agresión hacia el ser. Heridas de seres humanos.

Desde entonces mi sentir hacia la guerra y la violencia es mucho más profundo, esta experiencia me volvió más seria cuando hablo del amor, el perdón, la confianza, de la necesidad urgente de aprender a escuchar, dialogar, expresar lo que sentimos, sanarnos mentalmente como sociedad y como personas, en resumen la importancia de procurar ser mejores seres humanos, porque aún me siento impotente de no poder devolver la alegría a tantos colombianos.